La historia de mi vida en la forma de mi cuerpo

El cuerpo y sus músculos tienen una relación íntima con nuestra vida emocional, y viceversa. Para nuestra expresión emocional utilizamos la musculatura. Sin embargo, los músculos de nuestra cara, brazos, piernas, garganta, etc., se contraen y se inhiben habitualmente limitando esta expresión. En la diafreoterapia buscamos liberar tanto lo corporal como lo emocional.

Todos, salvo algunas excepciones, nacemos con los mismos huesos y músculos, elementos que estructuran y dan forma a nuestro cuerpo. Tenemos, por tanto, el mismo potencial innato para desarrollar cuerpos sanos y armónicos. Sin embargo, los traumas tempranos, el estrés y las malas posturas sobrecargan el cuerpo, creando tensiones y acortamientos crónicos en los músculos que se reflejan en el patrón postural adquirido al alcanzar la madurez.

En la diafreoterapia, abordamos estas tensiones y acortamientos con estiramientos y masajes suaves para así liberar las emociones bloqueadas y/o reprimidas que muchas veces se encuentran allí almacenadas. Es en este sentido que utilizamos el término diafreo, en griego “dejar pasar”, pues con esta técnica trabajamos el cuerpo para dejar pasar las emociones bloqueadas y llegar a integrarlas de una manera más sana en nuestra vida.

Observación y lectura corporal

Es relativamente fácil identificar algunos rasgos de nuestro patrón postural en el cuerpo a simple vista y sin ser experto. Para ello, propongo que, en ropa interior (¡sin calcetines!), te hagas una breve y sencilla lectura corporal con la ayuda de un espejo grande. De pie, delante del espejo, con los pies juntos y los brazos colgando a los lados, intenta observarte desde la imparcialidad, sin juzgarte, como si estuvieses mirando una foto.

-Observa primero la posición de la cabeza. ¿Miras directamente hacia el espejo o la cabeza está rotada más hacia un lado, evidenciado por la posición de la mirada? Podría haber también una latero-flexión de la cabeza, que se vería al tener una oreja más cerca del hombro que la otra.  Ahora, ¿cómo ves la relación entre los dos hombros? ¿Están exactamente nivelados el uno respecto al otro, o se queda uno más bajo?

El brazo del hombro más bajo, por tanto, parecerá más largo. Es más, puede que un hombro esté más avanzado que el otro. Finalmente, observa la forma de las piernas y de los dedos de los pies. Quizás las piernas estén en “O” (si las rodillas apuntan hacia fuera) o en “X” (si las rodillas se tocan). ¿Y los dedos de los pies? ¿Tocan todos el suelo con una presión suave o hay alguno levantado? Puede que algunos presionen el suelo con mayor o menor fuerza. ¿Se tocan los dedos gordos o cada uno va por un lado?

En la consulta, el terapeuta es el espejo que te refleja esta información. La lectura no es ni una crítica ni un reproche hacia tu forma de ser; más bien es una herramienta que puedes utilizar para que empieces a verte con otros ojos. Y verte con otros ojos no siempre agrada. Puede ser chocante, desconcertante, puede que te haga sentir desorientado y confuso. A fin de cuentas, seguramente no estás acostumbrado a que te digan cómo te ven realmente.

Después de la lectura corporal de pie, el terapeuta te pide que te tumbes en el suelo. Una vez más observa la forma de tu cuerpo. Es posible que vea una rotación de cadera, un puente formado por una muñeca al dejar la palma de la mano en el suelo, tensión en el cuello, etc. A continuación, examina tu espalda para ver cómo están las vértebras. ¿Toca toda la espalda el suelo? Si no es el caso, te pide hacer un tipo de respiración a fin de intentar bajar las vértebras. Luego, y según cómo te encuentres, sugiere que hagas tal o cual estiramiento.

Estiramientos y compensaciones

Los estiramientos en diafreoterapia se basan en los principios de fisiología muscular establecidos por la fisioterapeuta francesa Françoise Mézières en los años 40 del siglo pasado. Dichos principios afirman que “los músculos siempre actúan en cadena, sobre todo la cadena posterior, que empieza en el cráneo, continúa por la espalda y acaba en las plantas de los pies”. Estos músculos suelen estar crónicamente acortados y tensos, que ocasionan compensaciones en el cuello, brazos, hombros, la columna vertebral, pelvis, piernas, etc. en forma de rotaciones, lordosis y latero-flexiones. Los músculos acortados y tensos pueden llegar incluso a comprimir órganos, nervios, vasos sanguíneos y linfáticos, afectando así su correcto funcionamiento.

Las compensaciones que aparecen en el curso del trabajo corporal son algo habitual. Es posible que, al estirarte, te fuerces porque quieres hacerlo bien, o para complacer al terapeuta o porque tienes prisa o porque estás cabreado. El terapeuta te devuelve lo que ve: ¿te das cuenta de que estás torciendo la mandíbula, de que apenas respiras, de que estás tensando los hombros, de que estás levantando una nalga…? Y te propone que intentes estirarte desde el soltar y no desde la tensión, que sigas respirando en vez de bloquear la respiración. En fin, te ofrece una manera diferente de acercarte al cuerpo que no se basa en exigirle que llegue más allá de sus límites, o en maltratarlo, ignorando su dolor.

Y, ¿qué vas a sentir después?

Tal vez mucho cansancio y una gran sensación de alivio después del estiramiento, una sensación de ligereza, como si te hubieras quitado un dolor o un peso de encima. Puede que no sientas nada de nada, ni durante el estiramiento ni después, como si no habitaras tu propio cuerpo, lo cual sería también una observación perfectamente válida. O tal vez empieces a sentir tristeza o miedo y te surge el recuerdo de una vivencia traumática que tuviste en la infancia y creías olvidada o superada. O no te acuerdas de nada, pero te extrañan estas sensaciones.

Las investigaciones de Bessel van der Kolk, psiquiatra de la Universidad de Boston, han demostrado que los traumas interfieren con la memoria consciente de la experiencia, es decir producen amnesia, pero no afectan a la memoria no consciente o emocional. Según apunta el neurocientífico Joseph LeDoux en su libro The Emotional Brain, este hecho podría explicar en parte, por ejemplo, las fobias: sientes terror (memoria emocional) en presencia de una araña, pero no recuerdas cuándo surgió esta reacción a las arañas por primera vez (memoria consciente).

Así, al remover las aguas de la subconsciencia con el trabajo corporal, la memoria de las vivencias traumáticas va apareciendo como burbujas en la superficie de la memoria consciente. Es por eso que, al deshacer las compensaciones (que almacenan en el cuerpo la memoria de estas vivencias traumáticas) con unos estiramientos cuidadosamente hechos y una respiración no bloqueada, los traumas olvidados, repentinamente recordados, te pillan por sorpresa. ¿Por qué me siento así? ¿Qué me pasa?

Y, desde tu necesidad, hablas, cuentas cosas, pones palabras a lo que sientes, a lo que sentías, a veces por primera vez en tu vida. Este desahogo, este poner palabras a sensaciones y sentimientos es la semilla que siembras, desde la que crecerá, con el tiempo, una nueva forma de sentir tu cuerpo, de vivir tus sentimientos. Así, a través del trabajo corporal que hacemos en diafreoterapia te acercas a tu mundo emocional y sus bloqueos.

Ante una emoción fuerte, utilizamos los músculos para bloquear su expresión; por ejemplo, para no llorar, tensamos y bloqueamos los músculos anteriores del cuello. Con el paso del tiempo, estos bloqueos se vuelven crónicos y funcionan por sí solos sin que tengamos que hacer ningún esfuerzo para activarlos.

Expresar y liberar nuestras emociones

Muchos de estos bloqueos surgen en la infancia. ¿Cuántas veces nos han dicho de niño que no llorásemos, que no pasaba nada? Y las veces que nos habrán dicho que no fuéramos contestones, o que nos callásemos. Estas y otras muchas situaciones nos privaron de nuestro derecho a expresar y liberar nuestros miedos, rabia, nuestro malestar. No obstante, “las emociones son imprescindibles para la propia supervivencia”, afirma la neurocientífica Candace Perten su libro Las Moléculas de las Emociones. Necesitamos el miedo para protegernos de los peligros y la rabia para marcar límites. Es la negación y la represión de estas emociones lo que hace que se vuelvan contra nosotros, convirtiéndose en algo tóxico para el cuerpo. Según Pert, “las emociones son señales bioquímicas que emiten las células e intervienen en el proceso de trasladar información a la realidad física, transformando literalmente pensamientos en materia”.

Cuando sacamos, por ejemplo, nuestra rabia en un entorno terapéutico y la trabajamos, estamos “dejando pasar” el sentimiento de rabia; cuando la proyectamos en alguien, le estamos agrediendo verbal o físicamente. “Hay una gran diferencia entre los sentimientos, que no dañan, y las acciones, que sí lo hacen”, resalta la terapeuta suiza Alice Miller. En este sentido, no se trata de eliminar o reprimir nuestras emociones y nuestros sentimientos fuertes, sino de ser plenamente conscientes de ellos y saber de dónde vienen para que no los proyectemos en otras personas. Según Alice Miller, “un ser humano capaz de comprender e integrar su ira como parte de sí mismo, no será violento. Sólo tendrá necesidad de golpear a los demás precisamente cuando no pueda comprender su ira, cuando de niño no le permitieron familiarizarse con este sentimiento y no pudo vivirlo como parte integrante de sí mismo porque aquello era totalmente impensable en su entorno”.

La ira, al igual que otras emociones fuertes, es difícil de expresar. En muchas ocasiones, no basta el estiramiento o la palabra para liberar todo lo que sentimos. Es entonces cuando el  diafreoterapeuta te propone que hagas una descarga consciente y controlada, sin entrar en catarsis, y que puede consistir en boxear al aire, utilizar la voz, golpear unos cojines con las manos, patalear. Un minuto o dos suele ser suficiente y siempre desde el dejar fluir y el soltar, no desde el crispar.

El espacio interior

Para terminar la sesión, utilizamos el espacio interno como medio para integrar todo lo que se ha trabajado. SegúnMalén Cicerol, creadora del método, el espacio interno que buscamos desde la diafreoterapia “es el mismo espacio que se busca con la meditación, con la salvedad de que utilizamos tanto el cuerpo como las emociones para llegar ahí”. En la meditación se habla del vacío; sin embargo, este vacío, con frecuencia temido, en diafreoterapia “resulta ser un espacio de luz y de paz, un campo rico en información que, si puede aceptarse, tiene una poderosa influencia sobre nosotros”.

Habitualmente miramos hacia fuera para buscar las soluciones a nuestros problemas o, hacia dentro, pero desdeñando tanto el cuerpo como las emociones. En la diafreoterapia, sin embargo, buscamos integrar el cuerpo, las emociones y lo espiritual en nuestra realidad cotidiana.

Y así, el diafreoterapeuta te acompaña, propone, sugiere, invita… respeta tu ritmo sin interferir con consejos e interpretaciones propias en tu camino hacia el autodescubrimiento. Y desde tu interior, van surgiendo las respuestas que te ayudan a desarrollar, madurar e integrar plenamente estas vivencias en tu vida. Eres tú el protagonista de esta historia.

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