Combaratir el dolor con el yoga

El dolor, en cualquiera de sus formas, da miedo, de hecho pasamos una buena parte de nuestra vida, por no decir toda, huyendo del dolor, buscando maneras de paliar sus síntomas, ya sea a nivel físico, emocional o espiritual: el dolor no nos gusta. Y es que es necesario un gran esfuerzo y valor para aceptar el sufrimiento y, partiendo de esta aceptación, recibirlo como un maestro en nuestras vidas.

Desde la perspectiva de la salud, existe todo un abanico de posturas o asanas adecuadas para ciertos dolores e incluso series de ellas específicas para enfermedades definidas. Este es un aspecto importante y contrastado de la capacidad del yoga para enfrentarse al dolor físico. Pero, sin negar su evidente valor, aquí nos gustaría incidir en una perspectiva más amplia y concreta al mismo tiempo.

El yoga, como tantas otras herramientas, es una buena manera de acercarnos al dolor desde la observación de nuestro propio cuerpo, de nuestra propia mente. Y no me refiero sólo a dolor físico, sino también a todas esas resistencias de carácter mental que de alguna manera nos impiden sentirnos mejor. Porque parece cierto que muchas veces queremos dejar atrás el sufrimiento pero al mismo tiempo NOS RESISTIMOS a dejarlo partir, por la sencilla razón de que es nuestro, es lo que conocemos y en cierto modo nos sentimos cómodos en él.

En una clase de hatha yoga se trabaja directamente con el dolor, nos acercamos a él con plena consciencia y lo observamos objetivamente. Es importante en la práctica llegar a distinguir claramente entre el esfuerzo justo y suficiente que es beneficioso, y el dolor que puede dañarnos. El esfuerzo justo nos permite trabajar con la asana y con la respiración, manteniendo la energía en movimiento. El dolor señala el límite permisible hasta ese momento. Muchas veces se puede observar en los practicantes nuevos que quieren pasar este limite, ir más allá, compararse o competir de alguna manera por ser el mejor… pero el yoga no se mueve por ahí, no va hacia afuera sino hacia adentro.

El buen practicante respeta su cuerpo y sus límites, trabaja con esfuerzo constante, y poco a poco va viendo resultados. Es necesario penetrar en uno mismo a través del cuerpo, desarrollando y robusteciendo la visión interior de una forma objetiva. Este trabajo de objetivación nos lleva a otro aspecto más profundo de la relación yoga-dolor.Trabajamos con nuestro cuerpo, con nuestra mente y la objetivamos: literalmente nos separamos para poder ver y esta distancia que tomamos desarrolla nuestro desapego de los procesos psicofísicos.

El trabajo de observación que propone el yoga es progresivo y desarrolla por un lado la conciencia-testigo que cada vez se hace más pura y, por otro, un desapego cada vez mayor de todos nuestros condicionamientos físicos y mentales. Aquí es donde se trabaja con ese dolor más profundo: el que nos produce una identificación con nuestro cuerpo y nuestra mente.

El dolor físico sería aceptable si sólo fuese físico, si la conciencia no se implicase ni identificase con él. Y lo mismo sucede con el dolor psíquico. La conciencia vive normalmente encerrada en el complejo cuerpo-mente, completamente identificada con todo lo que le sucede, y eso es lo que nos hace creer que el dolor es insufrible, que el dolor no merece ser vivido.

Liberar a la conciencia de este dolor existencial que produce la identificación con el complejo cuerpo-mente y sus condicionamientos temporales es la meta hacia la que apunta el yoga. Podría por tanto decirse que su propuesta es un camino que va desde la superficie del dolor hasta sus raíces más profundas, y es bueno conocer a donde lleva el camino, pero es mucho mejor ir disfrutando del viaje a cada paso, sin pretensiones, sin generar más dolor que el absolutamente necesario.

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